
Por Keka Alcaide
El PSOE lleva años construyendo el relato de ser el partido más feminista de la historia. Lo repite en campañas, lo reivindica en el Congreso y lo proyecta en cada reforma legal que impulsa en materia de igualdad. Pero cuando se analizan determinadas votaciones parlamentarias, el relato empieza a tensarse. Porque una cosa es el discurso y otra, el sentido del voto.
La negativa del Partido Socialista Obrero Español a apoyar la iniciativa de VOX para prohibir el burka en espacios públicos no puede despacharse únicamente con el argumento de la libertad religiosa. No debe, bajo ningún concepto, tergiversarse el marco oficial según el cual no existe un problema estructural en España, la Constitución protege la libertad de culto y prohibir una prenda puede terminar siendo otra forma de imponer sobre el cuerpo de la mujer. Un argumento que, pudiendo pasar por legítimo, carece de profundidad.
Porque mientras en España el debate se clausura con la palabra “islamofobia” o “ultraderecha”, en buena parte de Europa la cuestión se abordó hace más de una década desde parámetros institucionales mucho más amplios. Francia prohibió en 2011 el uso del velo integral en espacios públicos, una decisión que fue avalada posteriormente por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Bélgica, Austria, Dinamarca, Países Bajos, Bulgaria y Suiza han adoptado restricciones totales o parciales. Lo destacable es que todos esos gobiernos, sin actuar bajo la misma ideología política ni tener que ser conservadores o ultraderechistas, compartieron como premisa común que el espacio público exige identificabilidad y neutralidad, y el debate sobre la dignidad y la autonomía de la mujer merece ser afrontado sin partidismos.
Con ello no se dotaba de razón a la prohibición como solución indiscutible, pero sí se ponía de manifiesto que, en democracias consolidadas, podía tramitarse esa restricción sin que se tambalease el Estado de derecho.
Por esa misma pauta, cabe preguntarse si, más allá de la discrepancia (im)propia pero intrínseca en las bancadas socialistas, el rechazo responde exclusivamente a una convicción jurídica o también a una lógica de bloques en la que apoyar algo propuesto por VOX resulta políticamente inasumible, sea lo que fuere, aunque el contenido pueda coincidir parcialmente con postulados feministas clásicos sobre la lucha contra símbolos de subordinación, tan vitoreados por Sánchez y sus socias.
Si el feminismo es un principio estructural y no una herramienta identitaria, cada iniciativa debería analizarse por su impacto real en la vida de las mujeres, no por la etiqueta ideológica de quien la presenta. Cuando el voto parece previsible no por el contenido, sino por la firma que encabeza el texto, la causa queda maniatada a la estrategia. Quizá por ello, paradójicamente y de manera recurrente, el partido que se erige como abanderado del feminismo no consigue articular mayorías estables en torno a causas en las que la mujer, sus derechos, sus libertades y su protección ocupan el centro.
El debate acerca del velo debería trascender la ideología política y diseñar planteamientos desde perspectivas transversales como la seguridad, la integración y la igualdad, otra de las palancas degradadas por este Gobierno. Pero en España, en cambio, el debate se convierte en trinchera antes de empezar, y el sanchismo acaba corriendo el riesgo de que su feminismo sea percibido como un patrimonio partidista que se activa o se desactiva según quién ocupe la bancada de enfrente. La mujer, según “sus señorías” de izquierdas, es lo de menos, lo que provoca una lógica erosión en la credibilidad de todo su discurso.
En este escenario, la incongruencia resulta inevitable. El Partido Socialista Obrero Español sitúa la libertad religiosa como defensa del velo. Ellos, que han impulsado y apoyado leyes bajo una manipulada memoria democrática, contemplando la retirada de cruces mientras sostenían que no se trataba de atacar un símbolo religioso, sino de eliminar elementos de exaltación política franquista.
Además, argumentan la no injerencia del Estado en la vestimenta como eje central. Ellos, cuya creciente intervención en distintas esferas de la vida pública y privada ha sobrepasado cualquier línea, configurando un escenario de expansión y manipulación del poder público sobre las libertades individuales.
Ellos, que defienden que la emancipación femenina pasa por ampliar derechos y evitar prohibiciones que puedan derivar en estigmatización, pero que, puestos a pasar, pasan del “yo sí te creo” a “calladita estás más guapa” a la misma velocidad que devuelven violadores a las calles y los “machos alfa” de sus filas recuerdan entre rejas que cualquier tiempo pasado junto a “Jéssicas” fue mejor. Ellos, que siguen sumando denuncias internas por acoso y casos por agresión o abuso sexual, pese a los desvelos de Fernando Grande-Marlaska por blanquear el último bochorno, esta vez cortesía del director adjunto operativo (DAO) de la Policía Nacional, José Ángel González Jiménez, número dos del cuerpo y su hombre de máxima confianza. ¿Ellos, los feministas?
Enfrente, y nunca mejor dicho, VOX, que enmarca el debate en términos de seguridad, integración y, sobre todo, de combate contra símbolos que considera intrínsecamente opresivos para la mujer, como el velo, defendiendo que, bajo la apariencia de elección individual, encubren estructuras de coacción y desigualdad que el Estado debe confrontar. Política real ante una situación real que, lamentablemente, empieza a abundar en nuestras calles. Ellos, ¿los machistas?
Pero más allá de toda evidente y amplia diferencia, el debate no gira en torno a si, siguiendo el criterio del sentido común y la experiencia europea, el modelo más eficaz deja de ser aquel que prioriza la autonomía individual cuando existen evidencias que cuestionan esa premisa en pro de la intervención normativa para eliminar símbolos vinculados al sometimiento. La cuestión de fondo pasa por analizar qué se vota y, sobre todo, por qué. Cuando un partido (PSOE) decide tumbar una iniciativa porque la firma el adversario (VOX), la política deja de ser un espacio de deliberación y debate honesto y se convierte en un campo de batalla donde el coste de no ceder un centímetro al rival acaba pagándolo la sociedad. En este caso, la mujer.
El sentido común ha dicho NO al velo. Europa ha dicho NO al velo. VOX ha dicho NO al velo. El PSOE ha dicho no a VOX.