En política casi nada es ingenuo y menos aún cuando se trata del poder interno. La salida de José Ángel Antelo del primer plano de Vox no parece un simple ajuste orgánico ni una reacción a un episodio puntual. Se inscribe, más bien, en una lógica de anticipación: ordenar hoy el tablero para evitar disputas mañana.
El foco no estaría puesto en la coyuntura, sino en el post 2027. Porque ese es el verdadero punto de inflexión. Si Antelo lograra consolidarse en Murcia —incluso con una victoria propia— podría proyectarse como figura nacional con legitimidad territorial, recursos y autonomía política. En paralelo, si Santiago Abascal no consiguiera formar gobierno o terminara integrando un Ejecutivo encabezado por el Partido Popular, su liderazgo —hoy indiscutido— podría empezar a ser objeto de revisión interna.
Ahí reside el punto sensible. Un Vox fuerte en lo territorial y un Abascal sin la centralidad del poder ejecutivo abrirían inevitablemente preguntas sobre el rumbo y la conducción. Antelo, con perfil propio y sin dependencia estructural del aparato, podría convertirse en una referencia alternativa dentro del espacio.
En ese contexto, el movimiento actual no sería tanto una sanción como un blindaje. No apunta al presente inmediato, sino al control del partido en el escenario posterior a las elecciones de 2027. La prioridad sería garantizar que, ocurra lo que ocurra en las urnas —victoria insuficiente o gobierno subordinado—, no emerja una figura con capacidad real de disputar el liderazgo.
Así, la decisión se entiende menos como un conflicto interno y más como una jugada estratégica de consolidación. Al frente de esa arquitectura está Abascal, líder de Vox, decidido a que el debate sobre el poder en el partido no se abra después de 2027.
Antelo: ruido hoy, tranquilidad mañana
En el corto plazo, el “caso Antelo” genera ruido interno y mediático. Pero, visto desde otra óptica, podría representar tranquilidad futura para la dirección nacional.
Antelo reúne características poco habituales en la política profesional:
- Fue básquetbolista profesional antes de entrar en política.
- Tiene independencia económica.
- No depende estructuralmente del aparato del partido.
- Ha demostrado capacidad para marcar perfil propio y plantarse cuando lo considera necesario.
Ese perfil lo convierte en un dirigente con autonomía real. Y la autonomía, en estructuras fuertemente verticales, suele ser vista como un riesgo a medio plazo. Neutralizar hoy a una figura con potencial liderazgo alternativo puede interpretarse como una forma de evitar problemas mañana.
La verdadera dirección: 2027
Más allá del presente, el horizonte es claro: 2027.
Abascal ha liderado a Vox en varias citas electorales generales (2019 en dos ocasiones y 2023) sin lograr encabezar un Gobierno nacional. Si en 2027 el resultado volviera a dejar al partido fuera del Ejecutivo o en una posición subordinada, se abriría inevitablemente el debate sobre el liderazgo.
En cualquier partido, la acumulación de derrotas o de objetivos no alcanzados termina generando preguntas. En ese escenario, figuras con implantación territorial y discurso propio podrían emerger como alternativas. Antelo encajaba en ese perfil potencial.
Eliminar hoy esa posibilidad refuerza una idea: no habrá discusión interna sobre el liderazgo tras 2027. El mensaje implícito es claro: no existe plan B.
El factor PP y Feijóo
A esta ecuación se suma la relación con el Partido Popular y su líder, Alberto Núñez Feijóo.
Antelo ha sido especialmente duro con el PP y con Feijóo en particular. En un escenario de negociación para un gobierno de coalición tras 2027, su nombre podría resultar incómodo. No sería descabellado pensar en vetos cruzados o en condiciones implícitas para facilitar acuerdos.
En ese contexto, apartarlo también puede leerse como una señal hacia el exterior: eliminar perfiles conflictivos para no entorpecer futuros pactos.
Tapar frentes internos
El movimiento tiene además un efecto colateral: desplaza el foco de otros debates y tensiones internas, como el protagonizado por Javier Ortega Smith.
La centralidad del caso Antelo actúa como cortina de humo sobre otras fricciones. El mensaje organizativo parece inequívoco: cualquier liderazgo con voz propia puede ser desactivado.
Un mensaje hacia dentro: todos prescindibles, menos uno
La lectura más cruda del episodio es esta: en Vox todos son prescindibles, salvo Abascal.
Con este movimiento, el líder no solo resuelve un problema inmediato, sino que envía una señal estructural:
- No habrá corrientes internas.
- No habrá liderazgos alternativos.
- No habrá candidato distinto al actual líder.
- No habrá transición abierta tras 2027.
Abascal se blinda ante el futuro. Se garantiza que, pase lo que pase en el próximo ciclo electoral, el control del partido seguirá concentrado en su figura. La posibilidad de que alguien distinto gobierne Vox o sea su candidato queda, de facto, anulada.
¿Fortaleza o vulnerabilidad?
La operación puede interpretarse como una demostración de autoridad. Pero también revela una fragilidad latente: cuando un liderazgo necesita neutralizar cualquier sombra antes de que crezca, es porque reconoce que esa sombra podría existir.
En definitiva, lo de Antelo puede ser ruido hoy. Pero, estratégicamente, parece pensado para asegurar tranquilidad después de 2027. El interrogante es si esa concentración absoluta del liderazgo fortalecerá al partido o limitará su capacidad de adaptación en un escenario político que, como ha demostrado la última década, cambia con rapidez.