En política hay una escena que casi nunca se cuenta: el día después. No el día de la victoria ni el de la derrota electoral. El día después de que el partido te suelta la mano. Ese momento en el que todavía conservás el nombre, la trayectoria y los titulares recientes, pero ya no tenés estructura. Y en política, sin estructura, sos apenas un recuerdo reciente.
José Ángel Antelo atravesó esa frontera. Hasta hace poco era el hombre fuerte de Vox en la Región de Murcia, con ambición autonómica y proyecto en marcha. No era un dirigente en pausa: era un dirigente en expansión. Su horizonte era disputar el poder regional. Su capital era la construcción territorial.
Hasta que dejó de serlo.
Y cuando eso ocurre, lo que se pierde no es solo un cargo. Se pierde la arquitectura que hacía posible ese liderazgo.
El poder delegado
Muchos dirigentes creen que el poder que ejercen es propio. Que el equipo responde a su nombre. Que el capital político acumulado les pertenece.
Pero en los partidos verticales el poder es, ante todo, delegado.
- La marca es del partido.
- Las listas las arma el partido.
- El financiamiento lo canaliza el partido.
- La visibilidad la administra el partido.
Cuando la conducción decide que ya no sos imprescindible, esa delegación se retira. Y entonces aparece la intemperie.
En el mundo empresarial, que un directorio remueva a un gerente es parte de la lógica del sistema. Otros deciden por vos y punto. Es frío, pero coherente. La empresa no promete representación ni debate interno.
La política, en cambio, se supone que es otra cosa. Un dirigente no solo gestiona: construye militancia, discurso, identidad pública. Cuando lo desplazan, el golpe es más personal, más profundo. Porque no se trata solo de perder un puesto, sino de ver cómo se desarma la red que te sostenía.
La soledad después del poder
El día después es más silencioso de lo que parece.
El teléfono suena menos.
Las lealtades se reordenan.
Los apoyos se vuelven prudentes.
Se descubre algo incómodo: muchas relaciones eran orgánicas, no personales. No eran fidelidades al dirigente, sino a la estructura que lo respaldaba.
Sin estructura, ya no sos.
Las opciones están
Pero la política nunca es binaria. No es solo caída o continuidad. Antelo tiene caminos posibles. Todos difíciles. Ninguno imposible.
1️⃣ Retirarse
La primera opción es la más humana: irse a su casa, tomar distancia, enojarse con la política y cerrar una etapa. Muchos dirigentes, tras sentirse desplazados, optan por ese camino.
Es una salida legítima. Pero implica aceptar que el proyecto terminó.
2️⃣ Construir un partido autonómico
Otra alternativa es lanzar un partido propio para competir en las elecciones autonómicas de 2027.
Eso significa empezar de cero:
- Implantación territorial real.
- Financiamiento sostenido.
- Cuadros políticos propios.
- Marca reconocible.
Competir contra el Partido Popular y contra Vox en el mismo espacio ideológico es enfrentarse a estructuras consolidadas durante años. No es solo una disputa de ideas; es una batalla organizativa.
3️⃣ Empezar desde abajo: la vía municipal
Existe una opción más quirúrgica: crear un partido municipal y competir por la alcaldía de Murcia.
Es una escala menor, pero también más controlable. Reconstruir desde lo local puede permitirle recuperar identidad política sin la presión inmediata del tablero autonómico.
Sería empezar desde más abajo. Pero empezar.
4️⃣ Sumarse al proyecto Atenea
Y está la alternativa estratégica: acoplarse al proyecto Atenea, impulsado por el entorno de Iván Espinosa de los Monteros.
Hoy puede decir que no es una opción. Puede relativizarlo. Pero todo indica que ese espacio —con ese nombre o con otro— competirá en las próximas elecciones. Si eso ocurre, Antelo podría integrarse a una nueva estructura, evitando la soledad de la construcción individual.
No sería su partido. Pero sería un nuevo paraguas.
Elegir en la intemperie
Las opciones existen. La verdadera incógnita es cuál elegirá.
Reconstruir es mucho más difícil que administrar.
Esperar es más cómodo que arriesgar.
Retirarse es más sencillo que volver a empezar.
El caso Antelo es el ejemplo de lo que ocurre cuando un dirigente ata su identidad política a una estructura que no controla completamente. Mientras sos funcional al proyecto, sos central. Cuando dejás de serlo, quedás solo.
Y desde esa soledad hay que tomar decisiones.
Porque en política el poder puede ser efímero.
Pero la ambición —si todavía existe— siempre encuentra una vía para volver a intentarlo.