
África se ha revalorizado como pieza geopolítica clave, con la irrupción de nuevos actores, como Rusia y China, la preocupación de Estados Unidos por la violencia yihadista y, sobre todo, el repliegue de una antigua potencia colonial como Francia, que ve naufragar política exterior con la que Emmanuel Macron apostaba a dejar atrás el neocolonialismo de la “Françafrique” sin perder su histórica influencia.
La reciente sucesión de golpes de Estado en África puede ser leída como señal de inestabilidad política y debilidad institucional en el continente, pero expresa en el fondo una reacción más generalizada a los errores de una antigua potencia colonial como Francia, aprovechados sin hesitar por otras como China y Rusia, bajo la preocupada mirada de Estados Unidos por la violencia yihadista.
En el último episodio de este proceso, Chad negocia sumarse a la Alianza de Estados del Sahel, creada en septiembre por Mali, Níger y Burkina Faso, otras tres ex colonias independizadas de Francia en 1960 y escenarios de golpes militares cuyos líderes decidieron romper con París. La iniciativa fue del general Mahamat Idriss Déby, hijo del asesinado Idriss Deby (1990-2021), gobierna Chad desde 2021.
Ese común denominador anti francés, que se ha expresado durante los últimos años en manifestaciones populares en las calles de las ex colonias, alimenta un cuadro general en el que China es ahora el principal socio comercial de la Françafrique (France + Afrique) y supera -sumados- a Francia, Reino Unido y Estados Unidos.
El potencial en recursos humanos -60% de sus 1.200 millones de habitantes tiene menos de 25 años- y naturales (minerales), combinado con su necesidad de inversiones y desarrollo, hace de África un blanco ideal de las disputas de las grandes potencias. Treinta y tres de los 54 países africanos están catalogados como “menos desarrollados” y 282 millones de sus habitantes padecían hambre en diciembre.
En 1950, los africanos representaban el 8% de la población mundial. Un siglo después, representarán una cuarta parte de la humanidad, y al menos un tercio de todos los jóvenes de 15 a 24 años, según las previsiones de Naciones Unidas. La edad media en el continente es de 19 años. En India, el país más poblado del mundo, es de 28 años. En China y Estados Unidos, es de 38 años.
A su vez, un millón de africanos entran en el mercado laboral cada mes, pero menos de uno de cada cuatro consigue un empleo formal, según el Banco Mundial. El desempleo en Sudáfrica, la nación más industrializada del continente, alcanza trepa al 35%. Y en Nigeria, el país más poblado con 213 millones de habitantes, casi dos tercios viven con 2 dólares al día y una esperanza de vida de 53 años.
El caso de Francia, cuyas colonias y protectorados abarcaban casi la mitad de África y que se propuso mantener su influencia desde las independencias de los 60, más recientemente con Emmanuel Macron, evidencia los límites que ponen hoy los países africanos en la defensa de sus intereses nacionales y regionales, pese a sus frágiles democracias (hubo nueve golpes militares desde 2020).
Ahora, razona el analista Ken Opalo, sin control geopolítico sobre sus antiguas colonias africanas, “Francia sería una Italia con armas nucleares y un puesto en el Consejo de Seguridad de la ONU”. Nada desdeñable, dice “pero supondría un importante declive de la influencia mundial” de Francia, incluso, dentro de la Unión Europea, y una pérdida de peso estratégico.
Y al cuestionar abiertamente las relaciones con Francia, Mali, Níger y Burkina Faso han capturado la imaginación de millones de africanos que viven en otras antiguas colonias francesas y más allá, incluidos los estados costeros más ricos.

