Actualidad Política

7 de mayo de 2026

La supervivencia sanitaria de Montero.

Por Keka Alcaide.

María Jesús Montero se ha lanzado a la campaña andaluza convertida en la gran defensora de la sanidad pública. Ella, la misma que promete acabar con las listas de espera, contratar 18.000 sanitarios, garantizar cita médica en 48 horas, mejorar salarios del SAS e inyectar miles de millones adicionales al sistema sanitario andaluz. Escucharla estos días podría hacer pensar que acaba de descubrir el deterioro que sufre la sanidad en Andalucía. El problema para su relato es que ella misma dirigió la Consejería de Salud entre 2004 y 2013, precisamente en los años en los que comenzaron muchos de los problemas que hoy denuncia con tanta indignación.

Porque la hemeroteca existe y también la memoria de miles de pacientes, médicos, enfermeros y trabajadores sanitarios que vivieron aquellos años de recortes, saturación y precariedad dentro del SAS.

Durante la etapa de Montero como consejera coincidieron la crisis económica de 2008 y las políticas de ajuste que golpearon de lleno al sistema sanitario andaluz. Fue entonces cuando empezaron a multiplicarse las denuncias por falta de personal, cuando crecieron las listas de espera quirúrgicas y diagnósticas y cuando los sindicatos sanitarios comenzaron a alertar del deterioro progresivo de la Atención Primaria y de las condiciones laborales.

En aquellos años, Andalucía se situaba entre las comunidades con menor gasto sanitario por habitante respecto a la media nacional. Se congelaron contrataciones, se limitaron sustituciones y se redujo la capacidad operativa en numerosos centros sanitarios. Los cierres de camas hospitalarias durante periodos vacacionales se convirtieron en motivo recurrente de protestas. También crecieron los contratos temporales y la sensación de agotamiento entre los profesionales del SAS.

Las organizaciones médicas acusaban entonces a la Junta de priorizar criterios económicos y burocráticos por encima de las necesidades asistenciales. Y mientras los sanitarios protestaban por la sobrecarga y la falta de recursos, Montero defendía públicamente aquellas medidas como inevitables para sostener el sistema durante la crisis.

Hoy, sin embargo, la “salvadora” de los andaluces entona un discurso bien distinto, con la pretensión de sacudirse aquel barro y esquivar este lodo. Montero acusa al gobierno andaluz de debilitar la sanidad pública y de empujar hacia la privatización del sistema. Habla de abandono sanitario y de deterioro estructural, que si bien es cierto que existe, también lo es que esto no ha comenzado hace apenas unos años.

Si la misma dirigente que ahora promete resolver el colapso sanitario fue una de las responsables del sistema cuando ese deterioro empezó a hacerse visible, nos damos de bruces con una contradicción política de órdago, que tiene su origen en una estrategia con una lectura psicológica más que evidente.

Es de sobra conocido el mecanismo humano que consiste en atacar antes de ser atacado. Cuando una figura pública teme quedar asociada a un problema, desplaza el foco hacia otro culpable, de manera que, si consigue monopolizar la acusación, acaba reduciendo su propia vulnerabilidad. Y aquí está la clave de Montero. Al convertir la crítica en eje de campaña, intenta borrar del debate su propia responsabilidad política sobre la evolución del SAS durante casi una década.

El filósofo Friedrich Nietzsche describía cómo el ser humano intenta preservar la autoridad evitando cualquier imagen de fracaso. Llevado a la política, ese impulso se traduce en una obsesión permanente por controlar el relato y evitar aparecer como responsable de los errores del pasado.

Por eso Montero eleva el tono, dramatiza el deterioro sanitario actual y se presenta como la redentora de un sistema que ella misma gestionó durante años críticos, en un intento de convencer y confundir a los andaluces haciéndoles creer que representa la solución y no parte del origen del problema.

Pero la contradicción sigue ahí. Incómoda. Persistente. Difícil de esconder. Porque las listas de espera, la precariedad laboral y el malestar sanitario no aparecieron de repente. El pueblo andaluz es noble y olvidadizo, pero no lo suficiente como para que le salgan las cuentas a la candidata.

Quizá por eso su campaña “sanitaria”, más que una campaña de reconstrucción, parece un ejercicio de supervivencia política.

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