Gabriel Rufián lleva tiempo moviéndose como si Cataluña ya no fuera el único terreno que le interesa políticamente. Sus entrevistas nacionales, sus actos fuera de Cataluña, su insistencia en intervenir sobre vivienda, salarios, inmigración, corrupción o política social y, ahora, el acercamiento entre Esquerra Republicana y Podemos dibujan una estrategia que merece una lectura más profunda que la puramente electoral.
La pregunta es sencilla: ¿está Rufián preparando a ERC para un futuro en el que los partidos autonómicos tengan mucho más difícil influir en Madrid?
Durante los últimos años, ERC ha conseguido una influencia nacional muy superior a su peso electoral. No necesitaba presentarse en toda España. Le bastaba con obtener un puñado de diputados en Cataluña y convertirse en pieza necesaria para formar mayorías en un Congreso fragmentado. Esa aritmética permitió a los partidos independentistas condicionar investiduras, leyes y negociaciones fundamentales.
Pero ese modelo depende de una condición: que nadie tenga mayoría suficiente sin ellos.
Si después del 29-N se configurara un bloque parlamentario de PP y Vox con capacidad suficiente para gobernar, la situación cambiaría completamente. ERC podría mantener sus diputados y, sin embargo, perder buena parte de su capacidad de influencia. Pasaría de decidir votaciones a observarlas desde una posición mucho menos relevante.
Y el verdadero problema para Esquerra podría llegar después.
Porque un Gobierno con una mayoría parlamentaria amplia podría abrir un debate mucho más profundo sobre el sistema electoral, el modelo territorial y el peso que tienen en la política nacional los partidos cuya implantación se concentra prácticamente en una sola comunidad autónoma.
Conviene ser precisos. Hoy ERC puede presentarse únicamente en Cataluña y obtener representación en el Congreso. No existe una norma que obligue a un partido a concurrir en toda España para conseguir diputados. Tampoco puede afirmarse que PP y Vox vayan a cambiar automáticamente esa situación.
Pero las reglas electorales no son inmutables.
Una futura reforma podría introducir nuevos umbrales, modificar mecanismos de representación, establecer requisitos territoriales distintos o impulsar fórmulas que dificultaran que fuerzas con voto extremadamente concentrado en determinadas comunidades tuvieran el mismo peso nacional que tienen actualmente.
Algunos elementos del sistema tienen además protección constitucional y cualquier transformación profunda tendría límites y procedimientos más complejos que una simple modificación legislativa. Pero políticamente el debate existe, y Vox lleva años defendiendo cambios profundos en el modelo territorial y electoral.
Ahí aparece la hipótesis que puede explicar mejor los movimientos de Rufián.
Si ERC sospecha que en las próximas elecciones generales las reglas podrían ser diferentes, empezar ahora a construir una red política fuera de Cataluña deja de ser una extravagancia y pasa a convertirse en prevención.
Y Podemos ofrece justamente lo que Esquerra no tiene.
ERC posee una organización fuerte en Cataluña, una identidad muy definida y un electorado propio. Podemos, pese a su pérdida de fuerza respecto a sus mejores años, conserva reconocimiento, militancia y presencia política en buena parte de España.
Una alianza entre ambos permitiría a Rufián ensayar algo que hasta ahora parecía contradictorio: expandirse territorialmente sin convertir ERC en un partido español tradicional.
No tendría que abandonar sus siglas.
No tendría que renunciar a su identidad catalana.
Ni siquiera tendría necesariamente que presentar candidaturas propias en Madrid, Andalucía, Valencia o Galicia.
Podría construir una fórmula más flexible: acuerdos electorales, listas compartidas, plataformas políticas o candidaturas comunes capaces de cumplir los requisitos que pudiera establecer en el futuro una nueva legislación electoral.
Ese puede ser uno de los elementos más importantes del acercamiento a Podemos.
No pensar únicamente en las elecciones actuales.
Pensar en las siguientes.
Porque si dentro de cuatro años las reglas exigen mayor implantación territorial, un determinado porcentaje estatal o estructuras electorales más amplias, ERC no podría improvisar una presencia nacional unas semanas antes de votar. Tendría que haber construido previamente aliados, audiencia, reconocimiento y dirigentes capaces de hablarle al resto de España.
Y ahí Rufián juega un papel central.
Pocos dirigentes de partidos independentistas tienen su nivel de conocimiento fuera de Cataluña. Rufián ha construido una personalidad política nacional sin abandonar formalmente el proyecto de ERC. Ese equilibrio puede convertirse en un activo extraordinario.
Las entrevistas son parte de esa construcción.
Cuando Vito Quiles lo entrevista y busca llevarlo a zonas incómodas, Rufián entiende perfectamente el valor de esos espacios. Puede salir cuestionado en algún momento concreto, pero obtiene algo mucho más importante para una estrategia de expansión: minutos de exposición ante personas que jamás consumirían voluntariamente un acto de Esquerra Republicana.
Cada fragmento que circula después por redes amplía ese reconocimiento.
Cada enfrentamiento lo presenta ante un público nuevo.
Cada entrevista lo aleja un poco más de la imagen exclusiva del diputado independentista catalán y lo acerca a la de un político que participa de la conversación nacional.
Por eso, incluso cuando el entrevistador consigue incomodarlo, Rufián suele obtener un beneficio político importante.
Lo conocen más.
Y esa notoriedad puede resultar decisiva si algún día intenta construir algo más grande alrededor de ERC.
La cuestión fundamental es que Rufián no necesita transformar a Esquerra Republicana en un partido nacional para nacionalizar su propia influencia política.
Puede ocurrir exactamente al revés.
ERC mantiene Cataluña.
Rufián construye España.
Podemos y otros espacios de izquierda aportan la infraestructura territorial.
Y una coalición futura proporciona el vehículo electoral.
Eso permitiría a Esquerra conservar su identidad y, al mismo tiempo, reducir el riesgo de quedar encerrada dentro de Cataluña si alguna reforma futura modifica las condiciones de representación nacional.
El Parlamento Europeo añade otra dimensión al problema. Allí España funciona como una circunscripción estatal, de modo que las alianzas entre partidos territoriales ya tienen una lógica diferente. Si el sistema político español avanzara algún día hacia mecanismos más nacionales también para otras elecciones, las formaciones autonómicas tendrían todavía más incentivos para cooperar entre sí o con partidos estatales.
Rufián puede estar entendiendo algo que dentro de ERC todavía genera resistencias: el problema futuro no es únicamente cuántos votos conserva el independentismo en Cataluña, sino bajo qué reglas podrá transformar esos votos en poder político nacional.
Durante años, ERC jugó con ventaja porque siete diputados podían valer muchísimo.
Pero si PP y Vox dispusieran de una mayoría suficiente para gobernar y posteriormente impulsaran cambios en el modelo territorial o electoral, esos mismos siete diputados podrían valer muchísimo menos.
Entonces el desafío ya no sería convencer a más catalanes.
Sería construir una plataforma capaz de sobrevivir políticamente cuando Cataluña, por sí sola, dejara de garantizar influencia en Madrid.
Eso es lo que hace especialmente interesante el acercamiento a Podemos.
Puede ser simplemente un acuerdo para estas elecciones.
Pero también puede ser el primer ensayo de algo bastante más ambicioso.
Una ERC que siga siendo catalana, independentista y republicana, pero integrada dentro de una estructura política capaz de competir y tener presencia en toda España.
Y en el centro de esa transformación estaría Rufián.
No necesariamente porque quiera abandonar ERC.
Sino porque puede haber entendido que, si cambian las reglas del juego, ERC necesitará dejar de pensar únicamente como un partido territorial para seguir teniendo peso nacional.
Quizá el verdadero objetivo de Rufián no sea conquistar España.
Quizá sea mucho más pragmático:
asegurarse de que una futura reforma electoral no deje a ERC encerrada en Cataluña y fuera del tablero político nacional.


