Por Keka Alcaide

La polarización ya no es un efecto colateral de la política. Es su coartada, una simulacro de salvavidas convertida en la más eficaz de las armas cuando el poder empieza a tambalearse. Y en España, hoy, se gobierna desde el enfrentamiento constante, ése “conmigo o contra mí”, fruto de la división más calculada. Y así el debate se convierte en trinchera y la rendición de cuentas desaparece.
La política democrática se basa en el disenso a veces a partir del contraste de ideas. Pero cuando el poder se siente acorralado, esa lógica salta por los aires. Entonces aparece el relato del bueno frente al malo y todo queda reducido a una batalla moral donde pensar distinto equivale a lo que “el poder” llama “traicionar”.
Pedro Sánchez ha hecho de esa dinámica una forma de gobierno. No la inventó, pero la ha llevado a su máxima expresión. Cada crisis, cada polémica, cada decisión cuestionable ha sido envuelta en el mismo marco narrativo donde quien critica pasa a atacar, las discrepancias pasan a estorbar y quien se queja o pide explicaciones, automáticamente, es fichado y registrado como conspirador.
Recordemos, sin ir más lejos, la ley de amnistía, vendida como reconciliación mientras se negociaba a puerta cerrada la supervivencia política de Sánchez y sus secuaces. Ahí están los pactos con el independentismo, presentados como avances democráticos mientras se desoía a una parte mayoritaria de la sociedad clamando por la memoria (ésa si) terrorista. Ahí está la gestión de la pandemia, donde el debate se sustituyó por consignas y el error por propaganda. Y ahí está la ley del “solo sí es sí”, convertida en símbolo de una soez soberbia política que han dejado en el camino miles de condenas rebajadas junto con el desamparo de unas pulseras pseudo protectoras y oigan… ni una autocrítica.
El nuevo Pedro “Presley” ha diseñado un zafio patrón. Lamentablemente, en este caso el new influencer no goza de la elegancia de la “Reina de corazones”. Qué falla algo.. no se rectifica pero sí se señala. Cuando hay dudas, no se explica pero sí se acusa. Cuando los españoles reaccionan y se quejan ante un atraco verbal, físico, económico, ético o moral…se agita el espantajo del “fascismo” o del “odio” y listo. Y así, el Gobierno se blinda emocionalmente mientras el país se desgasta.
A Sánchez la polarización le sale rentable, capaz de convertir cualquier crítica en un ataque ideológico contra él, su persona, su familia, su partido… Ahora bien, el coste que tiene tal hazaña es altísimo, pues el desgaste de instituciones, la justicia cuestionada, prensa señalada y una ciudadanía cada vez más harta y más dividida, es el precio con el que se desangra nuestro país.
España no necesita más trincheras ni más relatos épicos. Necesita transparencia, autocrítica y líderes capaces de gobernar sin convertir al discrepante en sospechoso. La democracia no se defiende a gritos ni a golpe de consignas. Se defiende con hechos, con respeto y con la valentía de asumir errores.
La polarización puede proteger a este elenco de corruptos durante un tiempo. Pero acabará dejando atrás un país más roto, más cansado y más lejos de sí mismo.
Y éso, por mucho que se maquille, (que se maquilla) no es gobernar. Es resistir.


