Por Keka Alcaide:
Durante años, la política exigía algo tan elemental como ideas, gestión y rendición de cuentas. Hoy, en cambio, parece bastar con dominar el algoritmo, sonreír a cámara y construir un personaje amable para consumo digital. Y pocas estrategias representan mejor esa deriva que la de Juan Manuel Moreno Bonilla, ahora “Juanma” para los amigos y posibles votantes.
Después de casi ocho años gobernando Andalucía, resulta llamativo que el eje central de su comunicación ya no sea explicar qué ha hecho, qué ha conseguido —y qué no— o qué piensa hacer en la próxima legislatura. Ante lo pasmoso de la situación, los andaluces han visto cómo su actual presidente ha optado por cambiar las prioridades y, en lugar de escuchar planes sobre cómo mejorar la sanidad, la vivienda, las ayudas sociales, la inmigración ilegal, el paro o la educación, han tenido que conformarse con un intento de cruzar la pasarela al más puro estilo “Operación Triunfo”, con banda sonora incluida.
El señor Moreno Bonilla no habla de listas de espera, de la situación de la atención primaria, del deterioro de la educación pública, de la precariedad juvenil o del acceso imposible a la vivienda, siendo precisamente la Junta de Andalucía la que ha fijado los precios de los módulos de VPO, una de las causas que han provocado el aumento desorbitado de los precios.
Frente a una campaña de demostración de “logros”, de explicación de dónde estamos y de cómo afrontar los problemas de inseguridad que se han instalado en nuestras calles como consecuencia de unas políticas de puertas abiertas, los andaluces se han encontrado con una campaña de “mute” y subtítulos. Mucho titular y poco que contar, compensado con una estrategia emocional en la que las playlists musicales, las referencias a Star Wars, las escenas familiares cuidadosamente editadas y la permanente construcción de una imagen de hombre tranquilo, cercano y simpático tenían el claro objetivo de maquillar una realidad mucho menos agradable.
Cuando la política se convierte en escaparate emocional, suele deberse a una gestión mediocre que previsiblemente no conseguiría los mismos resultados si se analizara desde los hechos. Cuando las redes sociales dejan de ser una herramienta para explicar políticas y pasan a sustituirlas, el relato personal ocupa el espacio que debería corresponder al debate público. Y así, el marketing se convierte en una cortina de humo diseñada para evitar el desgaste natural de ocho años de poder.
Porque gobernar durante casi una década implica asumir responsabilidades. Y Andalucía sigue teniendo problemas estructurales enormes. Una sanidad pública tensionada, jóvenes expulsados del mercado de la vivienda, dependencia económica del turismo y los servicios, desigualdad territorial, precariedad laboral, deterioro progresivo de servicios públicos esenciales y una creciente inseguridad como consecuencia de determinadas políticas migratorias.
Y, para colmo, en el último debate entre candidatos celebrado en Canal Sur, José Ignacio García decidió leer una antigua promesa electoral sanitaria realizada por Moreno Bonilla hace dos legislaturas. Lo llamativo no fue únicamente el contenido, sino comprobar que, ocho años después, el compromiso seguía siendo prácticamente idéntico. Las mismas promesas sobre refuerzo de la atención primaria, mejora de las listas de espera y fortalecimiento de la sanidad pública continuaban reapareciendo como si el tiempo político no hubiese transcurrido.
La escena dejó una imagen incómoda para el Gobierno andaluz, poniendo de manifiesto que, tras dos mandatos completos, el discurso seguía anclado en las mismas promesas iniciales. Una evidencia de que muchos de los problemas estructurales permanecen sin resolver mientras la comunicación institucional se concentra cada vez más en construir un liderazgo emocionalmente atractivo y en desplazar constantemente el foco.
“Menos política y más personaje. Menos proyecto y más percepción. Menos gestión y más emociones”.
Mostrar cercanía permanente para desactivar la crítica, convertir al presidente en alguien agradable antes que en alguien políticamente evaluable y construir una imagen tan cuidadosamente moderada que cualquier cuestionamiento parezca exagerado o injusto responde plenamente a la lógica contemporánea del poder. Ya no hace falta convencer desde los resultados si se consigue conectar desde la simpatía.
Y ahí radica el verdadero riesgo democrático. Cuando la política se banaliza hasta convertirse en contenido aspiracional o entretenimiento ligero, el ciudadano deja de actuar como elector para convertirse en audiencia. Surge así un nuevo sujeto político que ya no analiza decisiones públicas ni compara proyectos. Simplemente consume sensaciones y sigue personajes a golpe de “likes”.
“¡Juanma cruza la pasarela!”, inmerso en este envoltorio musical que lo ha acompañado durante la campaña y habiendo entendido perfectamente el tiempo político que vivimos, se protege tras una estética de normalidad cuidadosamente calculada cuyo objetivo no es otro que anestesiar el conflicto.
Después de ocho años en San Telmo, ya no basta con parecer cercano. Lo exigible es explicar hacia dónde va Andalucía y por qué tantos problemas siguen intactos. Andalucía no necesita un influencer institucional. Necesita un presidente dispuesto a responder políticamente por la realidad de la comunidad que gobierna.


