Por Keka Alcaide.
La historia muestra un patrón que se repite con una frecuencia inquietante. Cuando un líder o un movimiento logra incomodar de verdad al poder establecido, deja de ser tratado como un adversario político convencional y pasa a convertirse en un problema a neutralizar.
Ocurrió con Jesucristo, cuya ejecución respondió a motivos religiosos, pero sobre todo al temor a la desestabilización política, siendo sentenciado con la crucifixión, condenada con la que se ejecutaba a los considerados “rebeldes”. Sucedió con Sócrates, cuestionando el poder y la moral tradicional a través de una influencia notable en la juventud más crítica, siendo condenado en una Atenas que no toleraba ciertas preguntas. También con Juana de Arco, ante una imperiosa necesidad de desestimación, siendoejecutada por una herejía que encubría un proceso de intereses de poder.
En tiempos más recientes, figuras como Martin Luther King Jr., quien desenmascaró el problema racial establecido, movilizó a la opinión pública y se convirtió en una amenaza para el orden económico y social del sur estadounidense, evidencian que el desafío al sistema, desde distintos ángulos, suele tener un coste elevado. “Crucifícalo”. Una expresión traducida, independientemente de una escena histórica, en una lógica que atraviesa el tiempo, y que pasa por convertir al discrepante en una amenaza, urdir su deslegitimación, reducirlo a un estigma y justificar así su exclusión.
En ese contexto, la situación de VOX en España ha abierto un debate que trasciende lo ideológico. Más allá de las posiciones que defiende el partido, sus actos han sido objeto de protestas agresivas, boicot y episodios de hostigamiento que dificultan el desarrollo normal de su actividad política.
A esa presión se suma un fenómeno más silencioso, pero igual de significativo. El intento de hacer desaparecer políticamente a quien incomoda sin necesidad de prohibirlo. Reducir su presencia en determinados espacios mediáticos, evitar su participación en debates o tratar su existencia como algo marginal contribuye a construir la percepción de que no forma parte del marco político real y, con ello, un evidente intento por diluirlo.
Además, se añade otra dinámica que alimenta esa percepción. Algunas de las propuestas defendidas por VOX han sido rechazadas en el Parlamento para, tiempo después, reaparecer en iniciativas de otros partidos o en medidas adoptadas desde el poder. Ha ocurrido con planteamientos fiscales en contextos de crisis, con debates sobre seguridad o con cuestiones relacionadas con el control migratorio. Se rechaza una idea cuando tiene un origen concreto y se normaliza cuando cambia de emisor, desviando el foco del contenido y a quién lo plantea.
Es ahí donde se entiende mejor la paradoja. Se bloquea la iniciativa, pero no la idea. Se rechaza a VOX, pero el resto de grupos se reparten su discurso. De ahí se desprende una conclusión incómoda para el relato dominante. Reprochar a VOX la ausencia de iniciativas, pese a lo desmontable de la afirmación, forma parte de la malintencionada construcción de una percepción. Si las ideas no se debaten, si no se amplifican y si, además, acaban siendo asumidas por otros, los contrincantes, sin reconocimiento explícito, se genera la sensación de que no existen. Dicho de otra manera, no es que VOX no ponga propuestas encima de la mesa, es que se diluyen deliberadamente hasta que parezca que nunca estuvieron ahí.
El punto relevante es si en una democracia consolidada se acepta que una opción política pueda ser objeto de presión constante, acoso o invisibilización hasta ver reducido su espacio de actuación, se comparta o no el proyecto. Pues el pluralismo no consiste en tolerar a quien resulta cómodo, sino en aceptar la existencia de posiciones que incomodan, que generan rechazo o que cuestionan el consenso dominante.
Cuando el adversario deja de ser considerado legítimo, se pone de manifiesto la existencia de un problema estructural, que traspasa lo político. Porque cuando una sociedad empieza a decidir quién puede hablar y quién debe desaparecer, ya no está defendiendo la democracia, está empezando a vaciarla.

