Por Keka Alcaide
La política tiene la peligrosa costumbre de reacciona cuando el problema ya es portada o cuando el miedo empieza a votar. Y en Sevilla hay un barrio que lleva demasiado tiempo gritando sin micrófono mientras los responsables miran para otro lado. La barriada de La Plata no está pidiendo milagro, sino algo tan básico como dejar de ser invisibles para el gobierno de la ciudad mientras se permite lo que ningún alcalde debería tolerar. Que es obviar a quienes llevan años intentando que se les reconozca como ciudadanos de pleno derecho.
Hoy, La Plata es un termómetro de lo que ocurre cuando la administración abandona un territorio, abocándolo a la delincuencia organizada, redes criminales, mafias, tensión vecinal y una sensación de inseguridad que se cuela hasta en las conversaciones más cotidianas. Lamentablemente, esto no es nuevo pero sí es un fracaso administrativo reiterado que pide solución urgente.
La policía ha desarrollado en los últimos años diversas operaciones contra narcotráfico, falsificación documental y redes de explotación, afectando a la zona y su entorno. No son fenómenos exclusivos del barrio, pero allí se sienten con especial dureza porque no hay políticas estructurales que amortigüen su impacto. Mientras tanto, las mafias siguen aprovechando cualquier resquicio. La reciente investigación provincial sobre empadronamientos irregulares a inmigrantes ilegales es un buen ejemplo de ello. Hechos que están documentados, son públicos y deberían haber provocado ya reuniones urgentes y planes integrales de intervención. Pero, en cambio, ni están ni se le esperan.
Aquí nadie es ingenuo. En La Plata conviven personas de muchos orígenes, etnias y situación irregulares. Pero además viven familias de toda la vida en su mayoría trabajadoras. En definitiva, gente que quiere vivir en paz. Y más allá del problema de ciertas comunidades, el problema es el “sin control”, la falta de integración real y la tolerancia política con situaciones que nunca se permitirían en otros barrios. Cabe preguntarse si aceptarían este nivel de deterioro si La Plata estuviera en otra zona de la ciudad… La respuesta es evidente. Y de ahí que el problema traspasa la seguridad, para convertirse en un problema de igualdad ante la gestión pública.
Cuando no hay políticas de vivienda, ni empleo, ni control administrativo, ni presencia continuada de las fuerzas de seguridad, el resultado es el que es. Y luego llegan las prisas, los lamentos y las promesas “pre-campaña”. Pero no sirve esconder los datos, minimizar los conflictos o pedir paciencia infinita a quien ya no duerme tranquilo. Gobernar es intervenir, planificar, coordinar y dar la cara. Ejecutar. Y, por supuesto, cumplir. Lo demás es demagogia a la que parece que nos hemos acostumbrado.
Entre el buenismo irresponsable y el populismo de barra de bar, La Plata se ha quedado sola. Sola frente a la delincuencia, sola frente a las mafias, sola frente a una convivencia cada vez más tensa y sola frente a una administración que aparece exclusivamente cuando hay un incidente grave y desaparece al día siguiente. Necesita policía, sí, pero también servicios sociales y oportunidades reales para quienes quieren salir adelante. Y necesitan, sobre todo, que quienes gobiernan dejen de pasarse la pelota, que bajen los despachos a la calle y que empiecen a asumir responsabilidades de una vez.
Cuando un barrio se siente abandonado, cuando se vive entre el miedo, la desigualdad y la sensación de abandono, la democracia empieza a resquebrajarse por los márgenes. Y entonces ya no estamos hablando solo de La Plata. Estamos hablando de una ciudad que decide a quién protege y a quién deja a su suerte.


