
Por Keka Alcaide
A lo largo de los años de nuestra democracia, no han sido pocos los partidos políticos que se han visto abocados a negociar con cualquier contrincante , a merced de conseguir sus objetivos, de una manera legítima. Huelga decir que a ello no hacen referencia los chantajes de terceros, aquellos que a bien de concatenar “pseudo logros” mancillan nuestro estado de derecho.
La mayoría de los grupos que ocupan nuestra escena parlamentaria, se han visto en una u otra ocasión, en el ojo de huracán. Esa situación en la que amarrarse la cuerda a la muñeca para, una vez detectadas las debilidades más que las fortalezas, abducir al adversario, provocándole la obligada cesión de los escasos centímetros que otorgan una victoria.
Hasta aquí todo normal. Lo curioso, más que estridente, es que en España, cada vez que los partidos políticos se sientan a negociar, la opinión pública no asiste a un proceso de diálogo, sino a una representación teatral en la que los medios eligen quién será la víctima y quién el verdugo. Lo que debería ser un ejercicio normal de la democracia —el pacto, el acuerdo, el consenso— se convierte en un relato de vencedores y vencidos.
Desde los años de la Transición hasta las negociaciones más recientes de investidura, los medios han actuado como amplificadores de un relato emocional: quien cede, pierde; quien impone, gana. No siempre fue así. En 1977, durante los Pactos de la Moncloa, el país entendió que la palabra “negociar” podía ser sinónimo de madurez. Los periódicos de la época, como El País, Diario 16 o ABC, retrataron aquellas conversaciones entre el Gobierno de Adolfo Suárez, los sindicatos y la oposición como un ejercicio colectivo de responsabilidad. Las concesiones no se leían como claudicaciones, sino como gestos necesarios para consolidar la democracia. Suárez, pese a las críticas de algunos sectores, fue visto como un mediador capaz de sostener el equilibrio entre el pragmatismo y la esperanza.
Sin embargo, con el paso del tiempo, la narrativa cambió. Ahora la polarización marca el ritmo. Pero a más a más del ingrediente polarizador, habría que poner el foco en la manipulación con la que demasiados medios de comunicación nos sirven la actualidad. La mutación de “lo responsable en pro de una estabilidad”, como ejemplar conducta de gobernación, a “escrache noticiable” dibuja un panorama dictatorial, cuyo fin editorial pasa más por “enjuiciar y envenenar” que por erigirse en altavoz y contribuir a la serenidad del proceso. La víctima o del verdugo dependerá de quiénes estén en el tablero de ajedrez y de quién sea capaz de atisbar con más dominio la correcta secuencia de movimientos. El nombre y color del afinado jugador será suficiente para que sea investido públicamente como “el bueno” o “el malo”.
Una distinción que sólo habría de responder, no a la naturaleza de la negociación como ejercicio legítimo de diálogo democrático donde dos actores con diferencias ideológicas buscan un terreno común dentro del marco de la ley. Sino a con quien. Y aquí es donde, debería existir la matización ética por la que los medios guiasen sus aguijones. Negociar con un igual no plantea el mismo marco moral ni mediático que negociar con quienes han atacado nuestro estado de derecho, han secuestrado nuestras libertades o ha ejercido la violencia. El diálogo con quienes atentan deliberadamente con el chantaje o con las armas, introduce una dimensión ética que lo transforma todo: ya no se trata sólo de alcanzar un acuerdo político, sino de justificar la propia posibilidad del diálogo.
En España, ese dilema se hizo evidente durante el proceso de paz con ETA. La cuestión no era únicamente qué se negociaba, sino con quién. Para parte de la sociedad y de la prensa, dialogar con una organización terrorista suponía reconocerla como interlocutor político, algo moralmente inaceptable. Un proceso de desarme que transcurrió durante décadas por parte de los partidos del ejecutivo y que vino a concluir durante el mandato de José Luis Rodríguez Zapatero, quien cínica y altaneramente se permitió autodeterminarse como el presidente que acabó con ETA. Siendo aquél pacto, la semilla de poder de los filoterroristas que hoy ocupan sillones y deciden por los españoles, los mismos a los que no les tembló el pulso asesinar.
Sólo en el caso de negociar con quien rompe las reglas del juego, merece ser tildado de verdugo. Y de ahí que quienes hacen mal uso de ello, queden atrapados entre la ética y la eficacia, entre la justicia y la paz. En términos comunicativos, el relato se vuelve moral y el político pasa a ser juzgado no por el resultado de la negociación, sino por el valor simbólico de haberla iniciado. Pero los micrófonos y los teclados mandan a manos de sus dueños quienes, lejos de ser ejemplo ético, malversan titulares más interesados en derribar a líderes políticos del “otro bando” que a ser dignos instrumentos de los procesos.
Cabe preguntarse dónde quedó la responsabilidad de quienes se saben influencia de millones de personas, dónde la libertad de prensa se ha convertido en un artilugio al servicios de estrategias políticas de gobiernos presos de su propio fango. Y dónde los nuevos jueces escriben editoriales en lugar de sentencias…
El desafío actual para el periodismo político es recuperar la legitimidad de la negociación. Contar el acuerdo no como rendición ni como imposición, sino como un ejercicio democrático de inteligencia y responsabilidad para alcanzar una democracia cada vez más madura.


